jueves, 30 de julio de 2020

Hipólito Ruiz, un joven de Burgos descubre la flora de Perú y Chile (1777-1788)

 

            El 3 [octubre de 1779] hicimos la primera excursión, acompañados del Alférez de Milicias y de tres Peones, internándonos rio abaxo hasta la casuca de la Centinela abanzada; donde dejamos nuestras Caballerías y continuamos a pie herborizando por aquellos hermosos y deliciosos campos; cubiertos de multitud de vegetales; cuya perpetua fragancia y aroma recrea y vivifica los sentidos de tal manera, que parece que combida aquel terreno á no apartarse jamás de él. Sobre todos los Vegetales, los mas abundantes son (los) de la familia de las Orchideas, cuyos bulbos, colocados sobre la faz de la tierra, visten y cubren como un empedrado los terrenos más secos y peñascos; y los variados colores de sus estrañas y preciosas flores matizan aquel singular y natural pavimento.

            Volvimos al Fuerte, donde nos habian alojados aquellos Militares, con mas de quarenta plantas nuevas, distintas todas de las que habiamos visto en otros lugares.



   
    Hay ofertas irresistibles, sobre todo si tienes veintitrés tres años. Aunque sepas que, si aceptas, tu vida cambiará irremediablemente y quedarás marcado para siempre. Y eso es lo que les debió pasar, en Madrid, a finales del siglo XVIII, a dos jóvenes estudiantes de farmacia y con una cierta inclinación hacia la botánica.

    
    Casimiro Gómez Ortega (1741-1818) es el botánico que marcó profundamente el desarrollo de la botánica en Madrid –y por extensión en España– el último cuarto del siglo XVIII. Era un personaje muy capaz, viajado, con aficiones literarias y buena pluma, bien conectado en los ambientes Botánico-farmacéuticos de la Corte –sobrino de Joseph Ortega (1703-1761), a quien Linné había dedicado el género Ortegia– y, sobre todo, ambicioso. Había estudiado filosofía y medicina en Italia, pero retornó a la muerte de su tío, en 1762, para heredar la farmacia, una de las mejores de Madrid, y en 1771 ya fue nombrado primer catedrático del Jardín Botánico. Después de una estancia en París en 1776, había logrado convencer José Gálvez (1720-1787), el ministro de Indias, para organizar una expedición con el fin de conocer más a fondo las riquezas vegetales de los dominios americanos, concretamente del virreinato del Perú. Pero, le faltaban los botánicos!

 
Hipólito Ruiz [de Jaramillo-Arango, 1952]
   
    Hipólito Ruiz López (Belorado, Burgos 1754-Madrid 1816) era un joven, hijo de campesinos, que con 14 años fue a Madrid y, bajo la tutela de un tío farmacéutico, empezó a estudiar diversas materias relacionadas con la farmacia, entre otras, botánica. Desde 1772 trabajaba en el jardín de Migas Calientes bajo la supervisión de Gómez Ortega; tenía poca experiencia botánica, pero era inteligente y trabajador, y aceptó encantado la propuesta de participar en la expedición. José Antonio Pavón y Jiménez (Casatejada, Cáceres 1754-Madrid 1844) era también sobrino de farmacéutico, quien le había colocado como meritorio en la farmacia del Real Sitio de la Granja; además, tenía una beca para estudiar botánica y otras materias relacionadas con la farmacia. Gómez Ortega no lo conocía antes, pero también lo enroló.
 
   
     Al final, la expedición estaba formada por Hipólito Ruiz y José Pavón como botánicos, José Brunete (1746-1787) e Isidro Gálvez (1754-1829) como dibujantes y acompañados por el botánico francés Joseph Dombey (1742-1794). Aunque el jefe era Ruiz, el botánico más experto era Dombey, y esto fue a menudo fuente de conflictos. Más tarde, a finales de 1784 y ya en América, se incorporaron dos aprendices: un botánico, el navarro Juan Tafalla (1755-1811), y un dibujante, Francisco Pulgar. En principio, la expedición estaba prevista para cuatro años y Dombey, de hecho, retornó a España en 1784, pero el resto continuaron en América hasta 1788.
 
   
    Habían salido de Cádiz el 19 de octubre de 1777 y llegaron a Callao a primeros de abril de 1778. Primero herborizan los alrededores de Lima, pero luego ya organizan expediciones para explorar las zonas costeras al norte y sur de Lima. En mayo de 1779 emprenden viaje hacia Tarma, en la otra vertiente de los Andes; explorarán esta provincia y la de Jauja hasta abril de 1780, cuando retornan a Lima. Pero a finales de mes ya están de nuevo en marcha hacia Huánuco –más allá de Tarma–, el principal centro de recolección de la quina y donde se cultiva también la coca; permanecerán en la provincia hasta finales de marzo de 1781. Junio lo pasan en Lima, y de julio a septiembre vuelven a explorar la zona costera al norte de la capital, aunque ahora ascenderán por algunos valles andinos. En diciembre embarcan todos hacia Concepción, donde llegan a finales de enero de 1782. Herborizan sobre todo por los alrededores de Concepción, aunque también hacen desplazamientos más largos, como cuando van a buscar la araucaria hacia el interior. A finales de marzo de 1783 emprenden viaje hacia Santiago, divididos en dos, un equipo con Ruiz y los dos dibujantes, en el otro Pavón y Dombey. Llegan a mediados de abril. A primeros de octubre marchan hacia Valparaíso, para volver a embarcar hacia Callao, donde llegan a primeros de noviembre. Ya en Lima, y cuando se preparaban para retornar a España, reciben la orden de continuar la exploración de la región de Tarma, Huánaco y Cuchero. A mediados de mayo de 1784, ya sin Dombey, están de nuevo en marcha hacia la región Huánuco, que ya conocían en parte de la expedición de 1780-81. Se quedaron, estableciendo varias bases, hasta finales de enero de 1788, en la que retornaron a Lima. Embarcaron hacia España el 1 de abril y a mediados de septiembre ya estaban en Cádiz, entrando en Madrid a mediados de noviembre de 1788.
 

Una de las láminas de los dibujantes de la expedición, conservada en el RJB de Madrid [de González Bueno, 1988]


   
    El relato del viaje que nos ha llegado es el de Ruiz. Hay varias versiones, aunque él no llegó a ver nada publicado. El texto que he usado corresponde al manuscrito que encontró en el Museo Británico de Londres el botánico y diplomático colombiano Jaime Jaramillo Arango (1897-1962), que la editó y enriqueció con varias ilustraciones e índices. Hay otra versión anterior, publicada por el padre Agustín Jesús Barreiro (1865-1937) en 1931, pero sobre un manuscrito de Ruiz más incompleto y mucho menos pulido. La edición de Jaramillo Arango, de 1952, comprende la relación del viaje, hecha por Ruiz (p. 1-392), varios apéndices, donde aparecen desde las instrucciones de Gómez Ortega antes de embarcar, hasta la lista de plantas vivas con que retornan a España, pasando por numerosos oficios, anuncios o informes generados durante todos estos años (p. 393-476). También se reproduce el epílogo que Barreiro había incorporado a la versión de 1931 (p. 477-526). Además, hay un segundo volumen, de 245 páginas, que contiene varios índices: de nombres científicos de plantas, de nombres vulgares, de términos indígenas, geográfico, onomástico...

    
    La relación propiamente dicha consta de 60 capítulos. En general, alternan los dedicados al relato de las diferentes etapas del viaje con otros que nos ofrecen una descripción geográfica más o menos amplia de los diferentes territorios por donde pasan. De estos últimos, muchos corresponden a las diversas provincias que van conociendo, algunos están referidos a las principales ciudades –la descripción que hace de Lima es muy completa– y en otros describen los pueblos donde establecieron los campamentos y sus alrededores. En todos estos capítulos descriptivos se vislumbra la pretensión de que sean considerados como informes de amplio alcance, algo al estilo de las crónicas de los primeros conquistadores. Población, etnografía, clima, cultivos, fauna, flora, minería, hidrografía, vestigios de culturas precolombinas, estructura política, comercio, historia, sociología, enfermedades... todo tiene cabida. Los apartados que tratan de temas relacionados con los indios son numerosos: idiosincrasia, condiciones de vida y trabajo, revueltas y castigos..., pero son los dedicados a las plantas los que ocupan mayor extensión, con prioridad para las de interés económico, especialmente medicinal o alimenticio, aunque la lista es mucho más amplia: ornamentales, tintóreas, rituales, textiles... Ruiz es muy respetuoso con los conocimientos que los indios tienen de las plantas, y recoge todos los usos y a menudo también los nombres indígenas. En general, la lectura de estos capítulos, a pesar de la diversidad y cantidad de información que contienen, es amena y fácil, con curiosidades de todo tipo.

    
    Los capítulos dedicados a los viajes son a la vez descripciones geográficas de los itinerarios recorridos por los expedicionarios y justificación de su trabajo. Así, muy a menudo día a día, nos enteramos de las distancias entre las diferentes paradas y de la topografía del territorio, el paisaje y la vegetación con la que se encuentran y cómo son los pueblos por donde suelen pasar. Y, siempre, las plantas interesantes que descubren por el camino. Al mismo tiempo, de vez en cuando, Ruiz informa de las actividades de los otros miembros de la expedición y sobre cómo progresa el trabajo científico: plantas secadas, descripciones completadas, láminas dibujadas, envíos de plantas vivas y semillas... También aparecen, entremedias, cuestiones cotidianas o mundanas, como los problemas financieros, los gastos practicados, las relaciones con la jerarquía colonial, el trato con los colonos o los indios o las condiciones de alojamiento. Además de las enfermedades e indisposiciones que afectan a menudo a los expedicionarios, también se relatan con detalle los principales acontecimientos –cuando no desgracias– que los afectan. Así nos enteramos del asalto que sufrieron en el primer viaje largo fuera de Lima, la falsa alarma con que los pusieron en fuga para robarles las pertenencias o la pérdida de una mula en el río con el sueldo de los expedicionarios. Pero también de la muerte del dibujante Brunete en mayo de 1787 o el incendio de Macorís en 1785, donde Ruiz perdió los diarios de tres años y medio, entre ellos casi todos los correspondientes a Chile. Sin embargo, tal vez son las vicisitudes del barco "San Pedro de Alcántara" las que aparecen en el relato más veces, debido a su larga agonía y a que los expedicionarios intentaron compensar al máximo las pérdidas. Había zarpado de Callao en 1784, y poco después ya se tuvieron que tirar por la borda todos los tiestos de plantas vivas, con el fin de poder volver a puerto a estabilizar la carga y rehacer el buque. Finalmente, tras una singladura muy lenta, naufragó, a primeros de febrero de 1786, frente a la costa portuguesa en Peniche. Con buceadores se pudieron rescatar casi todos los cañones y una buena parte del oro que llevaba, pero no aparecieron ninguno de los 53 cajones enviados por los botánicos, con unas 800 láminas de dibujos y muchísimos pliegos. Las relaciones entre los miembros de la expedición no se explicitan mucho, pero se vislumbra la preferencia de Ruiz para ir en compañía de Gálvez y, si pone algún tratamiento antes del apellido, los botánicos aparecen a menudo como "compañero Pavón" y "Mr. Dombey". Hacia el final de la expedición las desavenencias con los dibujantes son notorias. En todo caso, el relato no es pasional sino neutro, sin intimidades ni grandes reproches hacia el resto de expedicionarios.

    
    De las tres grandes expediciones botánicas organizadas por la Corona española a finales del siglo XVIII, la de Ruiz y Pavón fue la más productiva desde el punto de vista científico. A pesar de que en las condiciones del enrolamiento de Dombey figuraba que la publicación de los resultados sería conjunta, éste volvió a Europa antes y se planteó su avance. Una iniciativa diplomática española lo impidió, pero los pliegos de Dombey fueron a parar a manos de Charles-Louis de L'Héritier (1746-1800), que se los llevó a Londres y publicó algunos de los materiales de Dombey. Por eso en Madrid se organizó una "Oficina Botánica de la Flora del Perú", con el objetivo de preparar cuanto antes la publicación de los materiales. En el año 1794 apareció el "Prodromus de la flora de Perú y Chile", en 1798 el Systema vegetabilium Florae peruvianae et chilense y entre 1798 y 1802, los tres primeros de la Flora Peruviana et chilensis, pero la publicación de los volúmenes 4 y 5 tuvo que esperar hasta los años 1956-58. Aunque firmados por los dos botánicos españoles, parece que la mayor parte de la redacción de estas obras corresponde a Ruiz. De hecho, después de la muerte de éste, ya no aparecieron más volúmenes de la Flora..., aunque las dificultades económicas también tuvieron que ver. Muerto Ruiz, Pavón comenzó a dispersar los materiales de la "Oficina Botánica", vendió a Philip B. Webb (1793-1845) muchos de los pliegos recogidos durante la expedición, que ahora se encuentran en Florencia y muchos de los manuscritos acabaron en manos de Aylmer B. Lambert (1761-1842), hoy día depositados en el British Museum.



Hipólito Ruiz. Relación histórica del viage, que hizó a los Reynos de Perú y Chile el Botánico D. Hipólito Ruiz en el año de 1777 hasta el de 1788, en cuya época regresó a Madrid. Ed. Jaime Jaramillo-Arango (1952). Madrid, Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. 392 p. [Disponible en Biblioteca digital del RJB]



* Más información en: Antonio González Bueno –ed.– (1988). La expedición botánica al Virreinato del Perú (1777-1788). Catálogo, 2 vols. Lunwerg editores S.A. Barcelona, Madrid.

jueves, 30 de abril de 2020

Miguel Colmeiro: viaje alrededor de una biblioteca (Madrid, 1858)



El honor nacional y el interés de la misma ciencia exigen, á la vez que lleguen á ser mas conocidos nuestros escritores naturalistas, tanto antiguos como modernos, no tan escasos ni insignificantes como muchos creen. La Botánica particularmente debe á España importantes trabajos, que han contribuido notablemente á sus progresos dentro y fuera de la Península. Enumerarlos metódicamente y procurar que de ellos se forme justa idea es el objeto de este escrito, fruto de investigaciones un tanto fatigosas, iniciadas á impulso del amor patrio, y seguidas con perseverancia de tiempo en tiempo, debiéndola en parte á las excitaciones de personas amantes de la ciencia, algunas extrañas á nuestro suelo.



            Entre los botánicos, hay unos cuantos que, por no dejar de coger plantas, no han tenido tiempo de escribir casi ni una línea, pero también hay alguno que parece que por no dejar de escribir no ha tenido tiempo de coger plantas. Este segundo modelo se ajusta al caso de Miguel Colmeiro y Penido (1816-1901), uno de los personajes más influyentes en la botánica española de la segunda mitad del siglo XIX, importante bibliófilo y prolífico autor con fama de erudito.

            La valoración de sus aportaciones siempre ha sido controvertida. Su discípulo Blas Lázaro Ibiza (1858-1921) destacó sobre todo su contribución en la introducción en España del método natural frente al sistema linneano y parece que, en vida, su obra fue apreciada por otros botánicos extranjeros. Así, por ejemplo, cuando el ginebrino George Reuter (1805-1872) crea 1843 el epónimo Colmeiroa para homenajearlo, señala que era "connu par un intéressant mémoire sur l'histoire de la botanique en Espagne" *. O cuando hace lo mismo, años más tarde, en 1871, el australiano Ferdinand von Mueller (1825-1896) –la especie es Colmeiroa carpodetoides F. Muell. [Corokia carpodetoides (F.Muell.) L.S. Sm.], un endemismo de la isla Lord Howe–, la dedicatoria dice: "Plantam dicavi praeclaro Michaeli Colmeiro..., plurim voluminum phytologicorum valde eximiorum auctori optime noto".

  
M. Colmeiro, con unos 50 años [Wittrock in Acta Hort. Ber. 3, 3. 1905]
         
Por parte de los críticos, a menudo se ha argumentado que no respondía con reciprocidad a quien consideraba inferior en estatus y que ejercía todo el poder que le conferían sus cargos de una forma muy personal e interesada. Más concretamente, se ha dicho que todas las herborizaciones para su obra sobre la flora de Cataluña las había hecho en el herbario de los Salvador [Norbert Font i Sagué], que los cinco volúmenes que publicó sobre flora ibérica
–más de 3.500 páginas en total– no sirven para gran cosa y, además, que era envidioso [Moritz Willkomm], o que representa el epítome de la decadencia de los directores del Jardín Botánico de Madrid durante el siglo XIX [Pius Font i Quer]. Pero lo que quedará para siempre en la memoria de cualquiera que se acerque a su figura es el título del vitriólico opúsculo que en 1891, cuando estaba en todo su apogeo, le dedicó un osado Carlos Pau y Español (1857-1937): "Gazapos botánicos cazados en las obras del señor Colmeiro, que es director del jardín botánico de Madrid". Y que, además, lleva por lema: "Todas las obras del Sr. Colmeiro no valen lo que cuesta el papel en que se han escrito". Carlos Pau, imbuido de un fuerte espíritu nacionalista, personificaba en él lo que consideraba dejación de funciones de la mayor parte de los directores del Jardín Botánico de Madrid posteriores a Mariano Lagasca (1776-1839), que habían renunciado a la exploración florística de España, dejándola así en manos de botánicos extranjeros durante toda la segunda mitad del siglo XIX, con lo cual eran ellos los que se llevaban la "gloria" del descubrimiento de nuevas especies. Además, también le acusaba de menospreciar, e incluso despreciar, a los que se habían dedicado a esta exploración a escala regional, como Antoni C. Costa (1817-1886), Francisco Loscos (1823-1886), José María Pérez Lara (1841-1918), él mismo, o incluso Vicente Cutanda (1804-1866), antecesor de Colmeiro como Director del Jardín Botánico de Madrid.

            Es innegable, sin embargo, que dos de sus obras, escritas al principio de su carrera, son de gran mérito y tuvieron una gran influencia durante toda la segunda mitad del siglo. La primera es "Ensayo histórico sobre los progresos de la Botánica desde su origen hasta el dia, considerados mas especialmente con relacion a España" de 1842, y que fue citada y copiada más o menos literalmente en buena parte de los folletos, discursos o memorias que aparecieron en España, referidos a la evolución de la Botánica, hasta comienzos del siglo siguiente.

            La otra, y es la que nos interesa aquí, es "La Botánica y los botánicos de la península Hispano-Lusitana", una aportación original donde recopila todos las obras referentes a plantas de la Península Ibérica o escritas por autores ibéricos, a las que añade unas notas biográficas de los autores. Consta de dos partes, la primera se titula "Estudios bibliográficos. Biblioteca botánica hispano-lusitana" y está dividida en diez secciones. Las tres primeras están dedicadas a los comentarios o interpretaciones de autores griegos y latinos, a las obras que hablan de las plantas de la Biblia y a obras de autores árabes ibéricos o traducidas del árabe. La sección cuarta se titula "Obras didácticas, memorias y otros escritos españoles en que se tratan las doctrinas de los diversos ramos de la Botánica total o parcialmente". La sección quinta corresponde a obras españolas descriptivas de plantas exóticas, la sexta a obras descriptivas de plantas ibéricas, tanto de autores ibéricos como extranjeros, y la séptima a catálogos y noticias de plantas cultivadas en jardines de España y Portugal. Las tres últimas se ocupan, respectivamente, de obras con noticias biográficas o bibliográficas, de las revistas o colecciones más o menos periódicas citadas y de obras donde aparecen retratos de botánicos ibéricos. Esta parte termina con un índice, ordenado alfabéticamente por autores. El criterio de inclusión de una obra en una sección concreta es laxo, pero queda superado porque una misma obra puede aparecer en diferentes secciones. En la segunda parte, titulada "Estudios biográficos", se recogen bocetos biográficos más o menos completos de diferentes botánicos o personajes ibéricos relacionados con el estudio de las plantas. Están agrupados por siglos, pero dentro de cada siglo no hay un orden claro. La extensión es muy desigual. Los de los grandes botánicos, por ejemplo Cavanilles (1745-1804) o Lagasca (1776-1839), son muy completos y prolijos y a su lado aparecen los dedicados a esforzados, aunque olvidados, curas y boticarios que, como mucho, llegaron a publicar un solo trabajo. Afortunadamente, esta parte termina con el índice de los autores que figuran y donde también aparecen los géneros dedicados a botánicos y personajes relacionados con la península Ibérica. Así, por ejemplo, nos podemos enterar que M. Lagasca dedicó, en 1816, un género a Fernando VII, demostración evidente de que todo el mundo puede equivocarse y que los poderosos no se dejan impresionar demasiado por las atenciones que les pueda tributar un humilde y bienintencionado botánico.

            Sobre todo la primera parte es uno de esos trabajos de lo que a menudo se califica como de rata de biblioteca, con una recopilación inmensa y minuciosa. Lo recoge todo: libros, artículos dispersos en revistas de temáticas relacionadas con las ciencias naturales o afines, manuscritos inéditos –que a menudo terminan en su biblioteca particular– e, incluso, trabajos botánicos que sólo conocía por referencias indirectas y que ya estaban perdidos en su época. De cada uno hace un comentario, por breve que sea, indicando su contenido y aportaciones; en algunos de los manuscritos el comentario es lo suficientemente ambiguo como para no decir si la ha visto o no. También sorprende el esfuerzo por incluir las obras de botánicos o botanófilos extranjeros que hacen referencia a la Península, aunque algunas obras menores se le puedan escapar, sobre todo de franceses que tocan de refilón los Pirineos, o de algunos británicos que aprovechan una escala más o menos prolongada en Madeira para dejar por escrito su visión de la isla. Del mismo modo incluye el Llibre de consells [conocido también como Llibre de les dones o Espill] de Jaume Roig –escrito en la segunda del siglo XV y con numerosas ediciones a partir del XV– y considerado precursor de la picaresca, con la excusa de que aparecen algunos nombres vulgares de plantas o una versión del "Libro de la monteria" de 1582 que "es interesante, porque se reconoce el estado de la poblacion de los montes de España en el siglo XIV.". También recoge un manuscrito "del siglo XVII, que poseyó el historiador Muñoz" o se permite copiar unos versos dedicados a la mimosa en el comentario a "Argentina y conquista del Río de la Plata" de Martín Barco Centenera y publicada en 1602.

            Fue miembro fundador y primer Presidente de la Sociedad Española de Historia Natural, fundada en 1871, y perteneció a las Reales Academias de la Lengua, de Medicina y de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Curiosamente, a su muerte legó la biblioteca personal, incluidos los estantes, a la Real Academia de Medicina de Madrid y no al Jardín Botánico, institución de la que había sido Director durante treinta y dos años.

           
Miguel Colmeiro (1858). La botánica y los botánicos de la península hispano-lusitana. Estudios bibliográficos y biográficos. Imprenta M. Rivadeneyra, Madrid. 216 p. [Disponible en Biblioteca digital del RJB]

* Se refería a Ensayo histórico sobre los progresos de la Botánica.

jueves, 27 de febrero de 2020

Roger Heim, un micólogo en el infierno (Mauthausen-Gusen, 1944-1945)




“Voilà ce que fut notre vie. C’est dans cette réalité hallucinante que notre moral s’efforçait à trouver un élément d’espérance. Et beaucoup d’entre nous le saisissait, cet indice fragile, avec la foi d’une énergie folle, incompréhensible. Ainsi est fait le merveilleux mécanisme de l’être humain, de cet être que des milliers de siècles semblent avoir achevé et que les nouveaux Barbares ont voulu anéantir. Mais ils n’ont tué que le corps, non pas l’esprit.”




             Lasciate ogni speranza, voi ch'entrate, es la leyenda que según el poeta figura en la puerta del infierno. Du Kommst, Niemals Raus es la bienvenida, grabada en granito, en la entrada del campo de Mauthausen. A veces la peor de las pesadillas se convierte en la realidad cotidiana. Y aunque despertar parezca imposible, hay quien lo consigue y es capaz de reconstruir su vida.

            Roger Heim (1900-1972) tenía un brillante futuro por delante a finales de los años 30 del siglo XX. Ingeniero químico de formación, pronto se interesó por los hongos, defendiendo su tesis doctoral sobre el género Inocybe en 1931. El año 1933 ya era subdirector del Museo Nacional de Historia Natural de París y trabajaba sobre rusulales de Madagascar y agaricales asociados a termitas africanas. Antes, en 1932,  había realizado una estancia de un mes en Cataluña, trabajando en el marco de las actividades del Plan Micológico Quinquenal elaborado por Pius Font i Quer (1888-1964) y sus resultados aparecieron en la revista Treballs del Museu de Ciències Naturals de Barcelona de 1934. Se había casado en 1935 con la micóloga rumana, especialista en citología, Panca Eftimiu y ya tenía un hijo.

            Pero todo se tambaleó con la invasión de Francia por los alemanes. Colaborador de la Resistencia desde 1942, fue delatado y detenido al año siguiente, y estuvo internado en varios campos franceses, hasta que fue deportado al campo de selección de Buchenwald (enero-febrero de 1944), después transferido a Mauthausen (febrero-marzo de 1944) y finalmente internado en el campo de Gusen, subsidiario de éste, y especializado en el exterminio de las élites de los países conquistados, donde trabajaban en la extracción de granito en la cantera del campo. Sobrevivió al día a día y también a las matanzas finales del mes de abril de 1945, cuando los franceses de Gusen salieron y caminaron los 5 km que los separaban de Mauthausen, donde en teoría los esperaban los camiones de la Cruz Roja. Pero no hubo camiones para todos y tuvieron que esperar diez días en Mauthausen sin comida y a la intemperie y, cuando ya los iban a gasear, entraron los primeros tanques ligeros americanos gracias a la decidida intervención del delegado de la Cruz Roja Internacional, el suizo Louis Haefliger.

            Terminada la Guerra, impartió cuatro conferencias relatando parte de sus experiencias y reflexiones, que recogió en una publicación de 1947. Las dos primeras fueron pronunciadas en mayo y noviembre de 1945, en el Museo Nacional de Historia Natural y en la Sorbona respectivamente, y la tercera, de junio de 1946, es en una ceremonia en memoria del Padre Jacques de Jésus, uno de los benefactores, dentro del campo, de la comunidad francesa y que moriría poco después de la liberación debido a una neumonía. En ellas explica las condiciones de organización y trabajo del campo, señalando las diferentes alternativas que conllevaban la muerte y también los requisitos necesarios para sobrevivir. Y todo con la descripción de numerosos casos, conocidos de primera mano o vividos por él mismo, de hasta dónde puede llegar un ser humano para sobrevivir. No relata gran cosa sobre su situación personal, tan sólo menciona de pasada que fue sujeto de algún experimento médico y explica algunas de las rutinas diarias. Pero lo que sí que hay son numerosas reflexiones acerca del porqué de todo aquello, intentando comprender como los guardias del campo podían aplicar un programa sistemático pensado para aniquilar cualquier esperanza –no dejarlos tranquilos ni un momento, acoso y desgaste constante–, pero sin mostrar la más mínima empatía, ninguna compasión, por el sufrimiento de otro ser humano; más bien todo lo contrario, una crueldad gratuita, incluso sadismo.      

            La cuarta conferencia es de enero de 1947, en una manifestación organizada por la "Federación Nacional de los Deportados e Internados Resistentes y Patriotas". Es breve, pero pesimista y es la que, leída hoy en día, tal vez sobrecoja más, pues en ella se muestra completamente contrario no sólo al olvido, sino que también explicita la desconfianza de que el pueblo alemán se pueda disociar del nazismo, afirmando que la democracia es incompatible con el temperamento alemán. Sorprendentemente, personaliza sus ataques en Kurt Schumacher, socialdemócrata alemán que había sido arrestado e internado en varios campos de concentración desde 1933, y que el año antes había conseguido llegar a Secretario del SPD; fue el jefe de la oposición a los gobiernos conservadores de Konrad Adenauer hasta el año 1952, en que murió. A la vista de este escrito, una posible interpretación del título del libro, La sombre route, ciertamente ambiguo, es que se refiera al futuro. 

        Aunque en algún punto se vislumbre el origen más o menos "mitinesco" de los textos, está muy bien escrito y la lectura es fluida [siempre que las lágrimas del lector lo permitan]. A diferencia de otros relatos sobre los campos de concentración, nada está novelado, sólo aparece la realidad vivida y las reflexiones personales del autor. Su punto de vista es muy francés, raramente habla de las relaciones con prisioneros de otros países –se entrevé una cierta admiración por los rusos, un cierto menosprecio hacia los polacos–, pero el tema recurrente es intentar entender la relación de los alemanes en general con el genocidio. Estaba asumido no esperar ninguna piedad por parte de las tropas de los S.S., pero es de más difícil comprensión la indiferencia de las tropas de la Wehrmacht o la de los kapos de los barracones. Resalta a menudo la importancia de conservar la esperanza, a pesar de que todo el sistema estaba diseñado precisamente para eliminarla. Especialmente doloroso es el relato de las consecuencias de los bombardeos aliados sobre la cercana ciudad de Linz durante los meses finales de la guerra, en la que se mezclan la esperanza de un final próximo y la exigencia de superar una nueva prueba física que puede ser la última: a cada alerta de ataque debían correr unos 1.500 m para entrar en los túneles excavados en la montaña, esquivando los bastonazos y perseguidos por los perros. También estremece cuando explica las muertes por empacho con las raciones de la Cruz Roja una vez han sido liberados.

            Y una constatación: en el infierno no hay hongos, ni plantas. O al menos ni siquiera los botánicos mejor preparados son capaces de prestarles la más mínima atención, empeñados como están en sobrevivir conservando, a ser posible, un mínimo de dignidad humana. La única referencia dentro del campo es cuando explica que recoger a la carrera unas pocas hojas de cerrajas o dientes de león puede representar la posibilidad de vivir un día más. Antes, durante los primeros días en Mauthausen, le había sorprendido el espacio ajardinado en la entrada del campo. Después, en el trayecto final de Gusen a Mauthausen, se maravilla al contemplar los árboles frutales y las primeras hierbas de la primavera en flor.

            Miembro de la Académie des sciences desde 1946, fue Director del Muséum nationale d'histoire naturelle entre 1951 y 1965. En 1955 publicó un libro de viajes muy diferente de éste [Un naturaliste autour du monde] en el que contaba sus impresiones y algunas anécdotas de los países que había visitado como científico, y en el que ya también explicitaba su interés en la conservación de la naturaleza. Antes, en 1948, había sido uno de los fundadores de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN) de la que sería presidente entre 1954 y 1958, y en 1952 su libro Destruction et Conservation de la nature fue uno de los primeros intentos de concienciar al público en general sobre esta problemática. También fue el promotor –y autor del prólogo– de la traducción al francés de Silent Spring (1962) de Rachel Carson (1907-1964), que puede considerarse el punto de partida de la concienciación popular a favor del movimiento ecologista en Occidente. A partir de 1952 estuvo especialmente interesado en los hongos alucinógenos y junto con Robert Gordon Wasson (1898-1986) y Albert Hoffman (1906-2008) escribió alguno de los libros fundamentales sobre este tema, así como numerosos artículos sobre cultivo, taxonomía y composición química de estos hongos.           

            No menos de media docena de géneros de hongos llevan epónimos basados en su nombre.

           Era miembro de la Amicale de Mauthausen, de la que fue Presidente entre 1971 y 1979. Siempre llevó en la cartera una fotografía donde se le veía, esquelético y demacrado, cuando las fuerzas aliadas liberaron el campo de Mauthausen.



Roger Heim. 1947. La sombre route. José Corti, Paris. 99 p.