sábado, 2 de marzo de 2019

Léon Dufour: la guerra de la Independencia española vista por un médico del ejército de Napoleón (1808-1814)




            Léon Dufour (1780-1865) fue un médico y naturalista con un amplio abanico de intereses, sobre todo dentro del campo del reino animal, donde publicó más de 230 trabajos. Dedicado sobre todo a los artrópodos –insectos principalmente, pero también arácnidos y crustáceos–, hasta se interesó por los nematodos y anélidos. Su contribución científica sobre vegetales –sensu lato– es más modesta: dos trabajos sobre líquenes, uno sobre hongos y tres o cuatro sobre taxonomía de plantas vasculares. Sin embargo, su interés por la botánica venía de lejos, y desde muy joven se había dedicado a colectar plantas y determinarlas y, en sus relatos de las excursiones o de descripciones paisajísticas, a menudo aparecen comentarios florísticos, listados de plantas y algunas descripciones de especies nuevas. Además, casi siempre enviaba duplicados de sus colecciones a los botánicos que pensaba que podían estar interesados, a menudo con la descripción de las novedades. Así, muchas de las especies con su nombre aparecen en los diferentes volúmenes del Prodromus de su amigo Augustin Pyrame de Candolle (1778-1841) o en el Systema vegetabilium de J.J. Roemer (1763-1819) y A. Schultes (1773-1831). Pero la lista de sus corresponsales botánicos es más amplia: R. Desfontaines (1750-1833), E. Acharius (1757-1819), P. de Lapeyrouse (1744-1818), J.L.A. Loiseleur-Deslongchamps (1774-1849) o los hermanos Jussieu.



 


           Según él mismo cuenta, era un hombre metódico y escrupuloso, que siempre había tomado notas sobre los principales acontecimientos de su vida. Con ello, escribió su autobiografía para uso familiar, que llega hasta el año 1862. Sus hijos la completaron y la publicaron en 1888. Los capítulos corresponden cronológicamente a las diversas etapas de su vida: infancia, juventud y primeras excursiones a los Pirineos, estudios de medicina en París, campaña militar en España (1808-1814) y práctica de la medicina y vida privada, además de un par de capítulos dedicados a relatar, a partir de 1818, las excursiones científicas a los Pirineos y los viajes a París. La parte más extensa –y que es la que nos interesa hoy aquí– corresponde a la campaña de España y, aunque en años es corta, está claro que fue una de las etapas de su vida más agitada y que le marcó para siempre, tanto por las relaciones que estableció como por las circunstancias en que transcurrió. Ofrece, además, un fuerte contraste con la tranquila vida de médico y naturalista prominente en una pequeña ciudad de las Landas de unos 5.000 habitantes, su Saint-Sever-sur-Adour natal, que es la vida que llevaría hasta la jubilación y donde lo más arriesgado que haría sería ir de excursión a los Pirineos.



Principales ciudades en las que se estableció y rutas por las que transitó Léon Dufour en el NE ibérico durante el periodo 1808-1814 [muchos de los trayectos los hizo en varias ocasiones, tanto de ida como de vuelta]



            El viaje de España comienza cuando, el 22 de marzo de 1808, se despide de la familia en las Landas y se va hacia España, en lo que, en principio, debe ser un alistamiento de un año para ir a la conquista de Gibraltar. Entra por el puente del Bidasoa en Irún y hará los dos tercios del camino hasta Madrid a pie: Hernani, Vitoria, Miranda, Pancorbo, Briviesca, Burgos, Aranda de Duero, puerto de Somosierra, Buitrago y Madrid, donde llega el 12 de abril. Hay entre 8.000 y 10.000 soldados acampados en Chamartín, pero a él lo alojan en una casa del centro de la ciudad, que será su residencia durante los cuatro meses de estancia en la capital. Herboriza por los alrededores de Madrid con Mariano Lagasca (1776-1839), entonces profesor de botánica en el Jardín Botánico, y se reúne con Hipólito Ruiz (1754-1816) y José Antonio Pavón (1754-1844), que le muestran sus trabajos sobre la Flora peruviana et chilensis. El día 21 de abril se encuentra en casa de Lagasca, cuando un amigo de éste les comunica que Manuel Godoy, el valido del rey que había sido depuesto y encarcelado tras una revuelta popular el 19 de marzo, ha sido liberado por los franceses y trasladado a Francia. Aquí la preocupación de Dufour es total al ver que su colega se transforma en un momento en un energúmeno, insultando en latín y español a Napoleón y Murat y a todos los franceses en general. Pero inmediatamente Lagasca se acuerda de él y le ofrece cobijo en su domicilio si lo necesita y lo acompaña hasta su alojamiento. El 27 de abril Dufour todavía visita la Casa de Campo, el Pardo y los campos de Chamartín, pero ya se ven los primeros muertos en las calles. El 2 de mayo se produce la revuelta popular y al día siguiente los fusilamientos de El Pardo: en dos días más de 1.500 muertos. En poco tiempo Madrid queda desierto, pues los españoles en condiciones de hacerlo han huido hacia el sur, con el fin de organizar la insurrección. En agosto el ejército francés se retira hacia el norte. Se reagrupan en Vitoria y él es asignado al ejército de Aragón, comandado por el mariscal Suchet. A partir de aquí será uno de los encargados de organizar los hospitales de retaguardia de los sitios de Zaragoza, Tortosa, Tarragona, Sagunto y Valencia, aunque también le encomiendan algunas misiones especiales: organizar la incineración de los más de 4.000 cadáveres del asalto final de Tarragona o ir a informar sobre brotes epidémicos en varios destacamentos, como los que lo llevan hasta Ejea de los Caballeros, Mequinenza o Villena. Hará varias travesías arriba y abajo por el valle del Ebro y, por la costa, hasta Valencia; también tendrá un permiso corto para ir a ver a la familia a Saint-Sever, pasando por Jaca. A grandes rasgos, reside unos 4 meses en Madrid, 19 en Tudela, 5 en Mora de Ebro y 18 en Valencia y algunas poblaciones cercanas. Desde aquí, a finales de junio de 1813, comienzan una retirada gradual hasta Barcelona, donde llegan a primeros de septiembre y permanecerán allí hasta finales de año. A finales de febrero de 1814 ya está en Francia, la abdicación de Napoleón le sorprende en Narbona y a finales de abril ya está en Montpellier. Y desde allí, a casa, donde llega con todo su botín de guerra: algunos paquetes de plantas, cajas de insectos y los preciados manuscritos del diario.



  


Campanula fastigiata Dufour ex Schultes, que Léon Dufour descubrió cerca de Samper de Calanda, en el Bajo Aragón (Joan Pedrol)

          El estilo del texto es plano y descriptivo, conciso, y en cuanto a la temática, se pueden diferenciar dos partes. En la primera, que acaba cuando deja Madrid, nos cuenta cosas sorprendentes sobre España y los españoles, cuando todo le llama la atención. Sólo entrar en el País Vasco se extraña con el carro de bueyes y el arado romano, que describe detalladamente, así como la indumentaria de hombres y mujeres; ya en Castilla explica cómo es el interior de las casas o las características del vino –detestable según él–, pero también da indicaciones sobre el paisaje del valle del Duero, el aspecto de las sabinas o la geografía de Somosierra y, como no podía ser menos, hace una reseña detallada de una corrida de toros en Madrid. En la segunda parte el protagonista principal ya es la guerra, con todas sus consecuencias. Ofrece considerable información sobre movimientos de tropas, enfrentamientos militares y número de efectivos y bajas, y a menudo comenta aspectos de estrategia militar; por ejemplo, vivió muy de cerca el asedio y caída de Tarragona, donde detalla día a día los principales eventos militares. También describe los efectos de la guerra sobre las ciudades y la gente: los saqueos, la muerte, la destrucción. Pero entretanto siempre hay espacio para dar alguna pincelada sobre el paisaje vegetal, notas sobre plantas interesantes –curiosamente, rara vez habla de insectos– o información sobre su actividad recolectora. Esta no se detuvo nunca, hasta el punto en que fue amonestado algunas veces por exponerse –según los superiores– a peligros innecesarios. Así, en la retirada de Madrid, tiene tiempo para explorar las montañas de Pancorbo; más tarde, alguna vez se aleja solo para colectar, pero más a menudo lo que hace es aprovechar las partidas de caza o incluso las paradas imprevistas de los convoyes para herborizar. También lo hace en el acueducto de Tarragona mientras de produce el asedio de la ciudad, con “vingt mille guerriers destructeurs et un seul botaniste collecteur" o, en Valencia, donde sale a menudo al campo a colectar e incluso organiza una excursión a la cartuja y sierra de Porta Coeli. Desde el punto de vista botánico, es recomendable completar la autobiografía con la lectura de la segunda parte de su artículo sobre el valor histórico y sentimental de un herbario*, publicado en 1860, cuando ya tenía 80 años. Aquí el estilo es más personal, lírico incluso, y hace un repaso de su periplo español a través de los recuerdos que le evocan las plantas del herbario.



            El relato comienza justificando su participación en lo que considera que fue "une guerre aussi injuste que désastreuse", aunque también explica el porqué de la lealtad a sus compatriotas, pero a la vez es comprensivo con los que se les oponen, defendiendo sus casas y ciudades. Pero sobre todo está convencido de la superioridad moral de la ciencia sobre el arte militar y se preocupa enormemente por el destino de sus colegas, independientemente de las ideas políticas y del bando en que hayan luchado. Parece que tuvo que recurrir a todas sus influencias para conseguir sacar de la cárcel a uno de los capitanes del batallón de estudiantes en la defensa de Valencia, Vicente Alfonso Lorente (1758-1813), catedrático de botánica y al que sólo conocía de nombre, con el fin de evitar su deportación a Francia. Ya anteriormente, cuando la caída de Zaragoza, se había interesado por la suerte de Ignacio de Asso (1742-1814), significado en la defensa de la ciudad durante el asedio, y de quien le llegan los rumores que pocos días antes ha podido huir, disfrazado, y ha llegado a Baleares. Por otra parte, mantendrá siempre una relación de amistad con Mariano Lagasca, aunque lo considera un exaltado en política y a pesar de que, a partir de 1808, estuvieron enrolados en dos ejércitos enfrentados; más tarde, en 1823, un amigo de L. Dufour es quien ayudará a Lagasca en Sevilla a embarcar hacia el exilio, aunque no consigue salvar el herbario ni los manuscritos. Y, cuando la retirada del ejército napoleónico, los que lo acompañan hasta Montpellier son los botánicos desterrados, por afrancesados, Francisco Antonio Zea (1766-1822) y José Mariano Mociño (1757-1820), éste con los manuscritos y las láminas de la expedición a la Nueva España, que dejaría en préstamo a A.P. de Candolle.



            Dufour retornó posteriormente, por lo menos, dos veces a España, en 1852 en visita familiar al santuario de Loyola y en 1854 en misión entomológica en Madrid, comisionado por la Academia de Ciencias francesa, ocasión en que se alojó en la casa de Mariano de la Paz Graells (1809-1898). Dufoureomyces Ciferri y Tomaselli, de 1953, es un género de líquenes que le honra y recuerda. Aunque contemporáneos suyos –E. Acharius, J.-B. Bory de St.-Vincent, K.S. Kunth o Ch. Grenier– utilizaron el epónimo Dufourea para varios grupos de plantas y líquenes, ninguno de ellos está aceptado actualmente.





Léon Dufour (1888). Ma campagne médico-militaire à la guerre d'Espagne (1808-1814). p. 97-236. In: L. Dufour. A travers un siècle, 1780-1865. Souvenirs d'un savant français. Poitiers. 348 p. [Disponible en Gallica]



*Léon Dufour (1860). De la valeur historique et sentimentale d'un herbier. Deuxième partie. Souvenirs d'Espagne. Bulletin de la Société Botanique de France 7: 103-109; 146-151, 169-173. [Disponible en Biodiversity Heritage Library]


viernes, 21 de diciembre de 2018

Lewis y Clark: hacia el oeste, hasta el Pacífico (1804-1806)





            A comienzos del siglo XIX, el viaje de Lewis y Clark atravesando una parte de Norteamérica entonces desconocida, hasta llegar al Pacífico, representa uno de los pilares fundacionales de la construcción del imaginario de los Estados Unidos como nación. Y como tal, aun hoy en día la estudian los niños en la escuela. Como no podía ser menos para un tema considerado capital en la historia de Estados Unidos, la bibliografía sobre la expedición es inmensa, con algunos congresos de historia y geografía dedicados y no menos de una veintena de libros publicados, además de numerosas publicaciones de carácter infantil. Incluso hay una película de bajo presupuesto de 1955, con Charlton Heston de protagonista [The Far Horizons, Horizontes azules, en la versión española], aunque vilipendiada por los historiadores por las licencias del guión.


  

         Estados Unidos, bajo la presidencia de Thomas Jefferson (1743-1826), compró Luisiana a Francia en 1803. Era un territorio de más de dos millones de kilómetros cuadrados unas cuatro veces la superficie de la España peninsular, que se extendía desde el golfo de México hasta Canadá, entre el río Misisipi y las Rocosas, en gran parte inexplorado y sin asentamientos coloniales fuera de las orillas del río. De trasfondo, estaba la política de limitar la expansión de la Corona española reinaba Carlos IV, y la disputa con ésta sobre los derechos de navegación por el río Misisipi y el acceso fluvial a Nueva Orleans. Jefferson, años antes, ya había tratado la posibilidad de explorar el territorio con André Michaux (1746-1806), un incansable y entusiasta botánico francés que había recorrido las tierras que se extendían desde las Carolinas hasta el Misisipi, pero por diversas causas, el proyecto no prosperó. Además, en 1793 Alexander Mackenzie, viajando más al norte, por el actual Canadá, ya había realizado la primera travesía continental de un no nativo. Pero en 1803, una vez comprada Luisiana, había que tomar posesión urgentemente, hacer el reconocimiento geográfico, el inventario de sus riquezas naturales y, además, encontrar una ruta de acceso al Pacífico a través de las Rocosas.


            El designado por Jefferson para comandar la expedición fue el capitán Meriwether Lewis (1774-1809), en aquellos momentos su secretario personal en la Presidencia. Éste, para acompañarlo y codirigir la expedición, convenció a su amigo William Clark (1770-1838), militar entonces retirado y que había sido superior suyo en el ejército. Parece que Jefferson optó por alguien con capacidad de mando, acostumbrado a los bosques y al contacto con nativos y con ciertas inclinaciones por la historia natural. Para prepararse, Lewis recibió un entrenamiento intensivo en cuidados médicos y navegación con sextantes, y tuvo acceso a la biblioteca de Jefferson de Monticello, posiblemente la más completa de su tiempo sobre Norteamérica.


Una de las medallas impresas para intercambiar o regalar a las tribus nativas [De http://www.lewis-clark.org/article/350]
            El comienzo oficial de la expedición se considera la salida de Camp Dubois, en la confluencia de los ríos Misisipi y Misuri, cerca de Saint Louis, el 14 de mayo de 1804. Clark, sin embargo, había salido de Pittsburgh con 11 hombres a finales de agosto de 1803, y tardó dos meses y medio en descender por el río Ohio antes de llegar a Camp Dubois, donde completaron el reclutamiento y estuvieron entrenando. La expedición contaba inicialmente con 33 miembros, casi todos soldados voluntarios, aunque también había un esclavo de Clark y algún voluntario contratado. El número, sin embargo, fue variando: algunos fueron enviados de regreso al final del primer año con mapas, colecciones científicas e información diversa, hubo una muerte parece que por apendicitis, alguna expulsión por indisciplina y también incorporaciones temporales de varios tramperos que se fueron encontrando por el camino y que contrataban como traductores con las tribus nativas.


            Desde Camp Dubois remontaron el río Misuri con una barcaza a remo y dos piraguas. Tras La Charrette, unos 250 km aguas arriba, ya no había más asentamientos coloniales. En el día a día de la expedición, Clark era el encargado de la navegación y de la confección de los mapas, mientras que Lewis se dedicaba a explorar los alrededores. Para pernoctar montaban los campamentos en las islas del río. Llegaron a las Grandes Llanuras, ya en territorio sioux, a finales de agosto. A comienzos del invierno, en territorio de la tribu mandan decidieron construir un campamento –Fort Mandan para esperar la primavera. Aquí reclutaron al trampero Toussaint Charbonneau, casado con la joven Sacagawea, de origen shoshone pero raptada y criada en la tribu de los hidatsa y que conocía ambas lenguas. Sacagawea estaba embarazada y dio a luz en febrero; la presencia de la criatura contribuyó a que el grupo pareciera menos agresivo y ayudó a las relaciones con las otras tribus. Desde Fort Mandan continuaron Misuri arriba, sobrepasando las confluencias de los ríos Yellowstone, Milk y Marias, hasta llegar a las cataratas del Misuri, que remontaron. A finales de julio ya estaban en Three Forks, la confluencia de los tres ríos que conforman el Misuri. Desde aquí pasaron la divisoria continental por Lemhi Pass a finales de agosto, y se encontraron con una partida de shoshones, comandada por un hermano de Sacagawea. Les compraron caballos y continuaron con ellos hasta principios de octubre cuando, al encontrar el río Clearwater, construyeron canoas. A través de la red fluvial llegaron el río Snake, y de éste al Columbia, llegando al Pacífico a finales de noviembre. Construyeron el Fort Clatsop para pasar el invierno antes de iniciar el camino de vuelta. Lo abandonaron a finales de marzo y, con caballos, remontaron la cuenca del Columbia, pero como todavía había nieve en las montañas, se desplazaron más al Norte donde, antes de atravesar la divisoria continental se dividieron en dos grupos. El reencuentro fue en el río Misuri a mediados de agosto, cerca de Fort Mandan. Llegaron a Saint Louis a finales de septiembre de 1806, después de haber recorrido cerca de 13.000 km en poco más de dos años y cuatro meses.

           El desarrollo de la expedición fue fundamentalmente pacífico, comerciando a menudo con los indios, aunque también sufrieron robos y, en un incidente en la vuelta, mataron a tiros a dos indios Pies Negros. Sufrieron varios encuentros con osos, un naufragio y algunos episodios de hambre. Además, y aunque parece que Lewis y Clark no se enteraron, la Corona española envió todos los años una expedición desde Santa Fe, para intentar interceptarlos en lo que consideraba una incursión no autorizada en sus territorios.


 

Lewisia rediviva Pursh, el bitterroot de los exploradores, nombre con el que se conoce todavía hoy en día en inglés. Declarada State flower de Montana en 1895 (Iñaki Aizpuru)
           La recolección de material científico era uno de los objetivos de la expedición, pero no prioritario. A finales del primer año, desde Fort Mandan hicieron una primera remesa con 178 plantas y 122 animales. Más tarde, durante el naufragio en los rápidos, algunos de los materiales que habían acumulado de nuevo se perdieron. Los pliegos de la expedición fueron depositados en la Sociedad Filosófica Americana de Filadelfia y estudiados por B.S. Barton y F. Pursh; este último incluyó la descripción de muchas de estas plantas en la obra de 1813
Flora Americae Septentrionalis. Actualmente los pliegos se encuentran en el herbario PH (Academia de Ciencias Naturales de Filadelfia). En total son 233 pliegos que corresponden a 202 taxones, pertenecientes a unas 132 especies de plantas vasculares. En los diarios, Lewis da mucha importancia a las plantas que utilizan los nativos, sobre todo las de interés gastronómico y que llegaron a ser muy importantes en la dieta de los expedicionarios, pero también las medicinales, y a menudo hace descripciones más o menos precisas. Además, siempre intenta transcribir el nombre en la correspondiente lengua indígena. En los tratos con la tribu de los arikaras, con las mujeres dedicadas a la agricultura, le llamaron fuertemente la atención los cultivos de maíz, frijoles y tabaco. En el envío de finales del primer año, le hizo llegar a Jefferson varias simientes, entre ellas de maíz, que se cultivaron muy pronto en Monticello.


            Los textos principales que he utilizado son la transcripción de los diarios originales de Lewis y Clark, ordenados cronológicamente y intercalados, del proyecto Gutenberg y la versión digital de la Universidad de Virginia de los diarios, publicada por E. Coues en 1893. La versión del proyecto Gutenberg es cuidadosa con el original y muy completa, pero la lectura queda dificultada porque se conservan las abreviaturas, el uso de las mayúsculas a menudo arbitrario y los errores ortográficos. La versión digital de los diarios publicados en 1893 es de lectura más agradable, pero a menudo las referencias a plantas han sido expurgada en la edición y tampoco figuran muchas entradas consideradas de poco interés.


Plafón explicativo sobre la expedición en Lolo Park, Montana (Iñaki Aizpuru)
           Al terminar la expedición Lewis fue nombrado gobernador del territorio de Luisiana. Murió en 1809 cuando iba a Washington, a reclamar al Departamento de Guerra unos gastos y a presentar el manuscrito de los diarios de la expedición a un editor. Aun hoy en día hay controversia sobre si su muerte fue un homicidio o un suicidio. Los diarios no se publicaron hasta 1893. Clark, por su parte, formó familia y tuvo varios cargos en la administración de asuntos indios, siendo después gobernador del territorio de Misuri; murió en 1838.

            Los epónimos Lewisia y Clarkia, creados por Frederick Pursh como géneros de las familias montiàcies / portulacàcies y onagráceas, respectivamente, los honran.




M. Lewis & W. Clark. The Journals of Lewis and Clark (1804-1806) [disponible en: http://www.gutenberg.org/files/8419/8419-h/8419-h.htm; también en http://xroads.virginia.edu/~HYPER/JOURNALS/toc.html]


martes, 30 de octubre de 2018

Enric Gros: una campaña de herborización en Andalucía (1919)



       A mediados de la segunda década del siglo pasado se formó uno de los equipos más peculiar y efectivo de la botánica española. Era un trío formado por un recolector, un determinador y un organizador.
       Carlos Pau y Español (1857-1937) era el encargado de determinar las plantas en la rebotica de su farmacia de Segorbe (Castellón), aunque también herborizaba cuando podía. En esa época, era el mejor conocedor de la flora española, había conseguido formar el herbario más completo de España y tenía la biblioteca botánica más actualizada. Se consideraba deudor de Frederic Trèmols (1831-1900), botánico vocacional, que había sido profesor suyo de química en la Facultad de Farmacia de Barcelona, ​​y de Francisco Loscos (1823-1886), que lo guió y aconsejó en sus primeros tiempo como botánico desde su farmacia de Castelserás, en el Bajo Aragón. El ejemplo de este último, que terminó incomprendido y amargado, le mostró que la dedicación a la botánica debía mantenerse dentro de unos límites, pero esto no impidió que, aunque enfrentado con los botánicos que ocupaban cargos públicos en Madrid, estableciera una extensa red de corresponsales por toda España, ampliando así la que había "heredado" de Aragón por parte de F. Loscos. Asimismo, mantenía correspondencia con los más activos botánicos europeos. Entre sus corresponsales era famoso por su formalidad y concisión, espoleándolos siempre a trabajar más y con más rigor. De hecho, él es en buena parte el responsable, gracias a su insistencia, de que vieran la luz la Flora Descriptiva é ilustrada de Galicia (1905-1909) de Baltasar Merino (1845-1917) y la Flora de Catalunya (1913-1937) de Joan Cadevall (1846-1921).
       Pius Font i Quer (1888-1964) era el coordinador del grupo, se encargaba de la logística y, cuando podía, ayudaba a los otros dos. Químico y farmacéutico de formación, en 1911 había ingresado en el ejército como farmacéutico militar y alternaba su carrera militar con la de naturalista al servicio del Museo de Ciencias Naturales de Barcelona. Se reconocía discípulo de Joan Cadevall y pronto buscó también el apoyo de Carlos Pau, con quien mantuvo una relación larga y fructífera, hasta la muerte de éste.

      Enric Gros i Miquel (1864-1949), el recolector, había nacido en Franciac de la Selva, una aldea de Caldes de Malavella (Gerona), en una familia pobrísima y hasta los 20 años no aprendió las primeras letras. Según Font i Quer, en su juventud había "tastat múltiples oficis: captaire, vailet de pastor, bouer, boscater, carboner de bosc i de ciutat, segador, dallaire, taper, ...". Más tarde, ya con Cuba independiente, se fue a la Habana –parece que huyendo de algún lío como sindicalista–, se prestó a dejarse inocular por mosquitos infectados de fiebre amarilla y casi pereció en el empeño. Allí trabajó como ayudante de laboratorio, especializándose en el cultivo de larvas de mosquito y aprendió el uso del microscopio. Al retornar a Barcelona, ​​Odón de Buen (1863-1945), entonces catedrático de zoología, lo contrató como ayudante de prácticas en la Universidad, y como tal fue quien enseñó técnica microscópica al curso de Font i Quer. Después continuó su periplo por los Laboratorios de Biología Marina que de Buen fundó en Porto Pi y en Málaga. Cuando residía en esta ciudad, a través de Francisco Beltrán Bigorra (1886-1962), entró en contacto epistolar con Carlos Pau. Éste le encomendó la exploración de los alrededores de Málaga y quedó tan satisfecho que, en el trabajo donde publicó sus resultados, incluye la carta que le había remitido Enric Gros contándole las estrategias y dificultades que había tenido que afrontar. Y acaba Pau*: "Pocas palabras. Recomiendo a este "hombre singular" como escribió Loscos en caso parecido... pero ¿a quién? Fuí tan mal político, que jamás cultivé el trato de los dispensadores de prevendas y beneficios. Gros deberá salir de Málaga: hagan el milagro, aunque se aprovechen mis enemigos de enfrente. Denme ese disgusto." Quién recoge el reto es Font i Quer, que consigue que cuando se estaba constituyendo el Museo de Ciencias Naturales de Barcelona se contratara a Gros como recolector. Así, a finales de 1916, Gros, con 53 años, volvió a Barcelona y ya no cambió más de oficio hasta que, jubilado, se retiró a Calvià en Mallorca. Mientras tanto, recorrió solo o en compañía de Font i Quer, una buena parte de la Península Ibérica, Baleares y norte de Marruecos y los miles de plantas que reunió forman actualmente la base de las colecciones del Instituto Botánico de Barcelona.
            La fuente del viaje de hoy es la extensa carta que Gros envió a Pau, explicándole el desarrollo de la campaña de recolección por Andalucía en 1919, y que Pau –siempre falto de tiempo– insistió en publicar, también, como prólogo de su trabajo, argumentando: "con el fin de que se pueda apreciar con exactitud lo mismo su entusiasmo científico, que su estado psicológico, durante su molesta campaña.". El viaje se inició con la salida de Barcelona el 20 de abril, con considerable retraso sobre las previsiones por culpa de una huelga general, y lo dio por terminado al regresar a Ronda el 12 de julio. Lo acompañó, a partir de Málaga, Eugenio Estremera, que había sido su práctico años antes en esa ciudad, y sólo al final del viaje, en julio, cuando visita Ronda y la Sierra de las Nieves lo hará sin su compañía. El objetivo del viaje es la recolección de cualquier planta que esté en condiciones, pero especialmente las del género Sideritis, debido a que Font i Quer está preparando una monografía y ya le ha proporcionado una lista con las localidades conocidas en las que hay que herborizarlas.
 
Itinerario seguido a pie por Enric Gros y Eugenio Estremera
      Gros embarcó en Barcelona, con 180 kg de carga, hacia Málaga, donde llegó 6 días después, tras hacer escala en Valencia y Alicante. Durante los casi tres meses en que recorrió tierras andaluzas se desplazó entre el límite de la provincia de Granada por el Este hasta Medina-Sidonia en Cádiz por el Oeste y entre Los Barrios, cerca de Algeciras, por el Sur, hasta Ronda o la Sierra Tejeda hacia el Norte, recolectando tanto las zonas litorales como las sierras más destacadas. Así, recorre a pie casi todo el litoral, desde cerca de Almuñécar hasta Castellar de la Frontera, y sube a las sierras Tejeda, de Mijas, Marbella [Sierra Blanca], Bermeja y de las Nieves. Dedica muchos días a Sierra Bermeja y a Sierra Tejeda, donde las recolecciones, a pesar del año seco, son provechosas. En cambio, sale muy decepcionado de la Sierra de las Nieves, que es la que tenía más interés en conocer. En total, recorrieron a pie y cargados con las prensas para las recolecciones del día unos 800 km, aparte de los transitados en carruajes o en tren.
       Gros hace una descripción sencilla pero informativa del itinerario, trabajos e incidencias remarcables. Casi día a día cuenta el trayecto, el medio de locomoción y deja entrever la logística, realmente compleja, con las prensas y el papel de secar. Todo vale para los envíos en avanzada de prensas, vacías o llenas, hacia los lugares previstos de paso: tren, diligencias, arrieros. Explica también el secado de las plantas y las remesas de los paquetes con las ya secas hacia Barcelona. A menudo las pernoctaciones adquieren protagonismo, alguna vez aparece el nombre de la posada, pero también lo cuenta cuando la habitación es improvisada: estaciones de tren, cuevas, refugios de pastor. El estilo de la redacción es sencillo y alguna vez algo irónico y consigue transmitir –como dice Pau– el estado anímico del protagonista. En general, se desespera cuando las plantas están agostadas y ya no sirve de nada herborizarlas, pero en cambio soporta con cierta estoicidad cuando les cae algún chaparrón en la sierra que los obliga a regresar a la base, empapados y con el papel de las prensas inservible para unos cuantos días. Aunque cuando se encrespa es si las prensas no le llegan a tiempo a los lugares concertados. Les afectó especialmente la celebración de elecciones generales a finales de mayo, que se preveían muy reñidas, y en la que los arrieros se quedaron en casa para poder ir a votar; entonces la llegada de las prensas se retrasó cuatro días, en los que tuvieron que quedarse más o menos inactivos en Málaga. Del mismo modo, muestra su preocupación por los gastos que hace, sobre todo si considera que las plantas colectadas no lo compensan. A lo largo del relato también va explicando, cada vez con más pesar, como empeoran sus problemas de visión, que incluso le hacen plantearse abandonar y regresar a Barcelona; evidentemente, la alegría es total cuando la dueña de la posada de Yunquera consigue curarlo, aunque nos quedamos con las ganas de conocer el remedio.
 
El pinsapar de la Siera de las Nieves hoy día (A. Rivas)
      Las descripciones que da del medio son concisas y precisas. Generalmente indica los materiales geológicos y los nombres vulgares de las plantas más características que conforman el paisaje, aunque de vez en cuando también aparece algún nombre científico: Lavandula, Erica, Cistus, en los que diferencia varias especies. También señala aquellas plantas que le parecen más interesantes o incluso deja escrita alguna observación de tipo corológico o taxonómico. Pero lo que más conmueve es leer su alegato final a favor de la conservación de los bosques de pinsapo de la Sierra de las Nieves, que tanto le han impresionado por su grandiosidad y que se encuentran dañados por el sobrepastoreo. A pesar de que ya hacia 1870 la Sociedad Malagueña de Ciencias había pedido al ministerio correspondiente que la sierra fuera declarada Parque Nacional por sus valores paisajísticos, Gros constata la degradación –de hecho tiene que volver con las prensas casi vacías– y apunta a los culpables: los administradores forestales, que con su negligencia permiten pastar más de tres mil cabezas de ganado donde apenas caben quinientas. Y también hace uno de los primeros recuentos de reclutamientos de pinsapo, comprobando que el problema no es la falta de plantones, sino que están "esperando seguramente el momento de ser decapitados por la primera cabra que pase".  
       No menos de una quincena de plantas, algunas híbridas, llevan epítetos específicos que honran y recuerdan "aquest home extraordinari, devot apassionat de la ciència, humilíssim, treballador incansable, noble, lleial i honrat a més no poder" **.

Enric Gros. Prólogo. p. 7-16. In: C. Pau (1922). Nueva contribución al estudio de la Flora de Granada. Memòries del Museu de Ciències Naturals de Barcelona, sèrie botànica 1(1): 1-74 + X lám. [Disponible en Biblioteca digital del RJB]


* Carlos Pau (1916). Contribución al estudio de la flora de Granada. Treballs de la Institució Catalana d'Història Natural 1916: 195-227. [Disponible en Biblioteca digital del RJB]
** Pius Font i Quer (1953). Història de dos botànics catalans. Anuari de l'Institut d'Estudis Catalans de 1953: 21-45.